
Creí que volver al pueblo que me vio nacer me la devolvería, con su risa de cascabel, sus ojos castaños y esa cálida piel semejante a la lumbre de la hoguera que tanto añoro estos días de invierno.
Pero cuando llegué tan solo me encontré la vieja casa de piedra y madera que había cuidado de mí cuando apenas comenzaba a caminar.
La noche devoró los rayos de sol y la luna rasgó lentamente su telón azul oscuro, de nuevo, en mi vejez se perdían los recuerdos, y mientras mi corazón volvía a helarse de soledad por la ausencia de su mirada, afuera la nieve se derretía al contacto del pasado feliz con el que cubrimos cada rincón de nuestra existencia.
Ahora, viejo y cansado, con o sin nieve, mis noches quedan en blanco, esperando recobrar alguno de esos momentos, ansiando que me lleve con ella.
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