17 octubre 2010

Frenética

Cojo el cuchillo, estoy harta.

Aquí no se puede vivir feliz, las sonrisas son meras máscaras que ocultan lo que de verdad sentimos, hastío.

¿Por qué? Me dirijo a la puerta con pasos pesados y agotados, los gritos son parte de las agujas que perforan mi cráneo, les oigo, cada hora, cada minuto, a cada segundo de calma y les odio, quiero que todo acabe.

Poso la mano en el picaporte, mi cabeza parece ser más pesada a cada pensamiento, el pelo me acaricia el rostro como queriendo calmar los alaridos que producen mis labios fruncidos, no hay vuelta atrás, aprieto la empuñadura, ya nada importa, solo mi siguiente paso hacia abajo en las escaleras.

Llego a la puerta, noto como se tensan mis hombros y doy un golpe y otro contra el trozo de madera que lucha en vano por retener los gritos que se producen al otro lado de ella, me abre él, gritando, parece que no sepa otra forma de comunicarse, me da asco.

Agarra mis hombros y me mueve como una muñeca, pero ya no lo soy, mis ojos no van a quedarse quietos, ni mis manos...

Que hermoso color es el carmín, y que delicioso el olor férreo que lo acompaña hasta mi barbilla, recorriendo mi cuerpo hasta crear en el suelo un minúsculo lago que bien podría ser el festín de algún loco.

Miro al fondo, aun grita alguien, la mujer arremete contra mi y noto el seco sonido de su mano contra me mejilla en un intento de aplacar mi ira con una bofetada.

La miro, su cara solo expresa miedo, que pena...que ahora esté callada y antes no supiese morderse la lengua, mi mano se alza y luego cae en picado contra su cuello acabando con las futuras palabras que pueda crear en ofensa al silencio, y de nuevo me embriaga el olor férreo y el color bermejo que relaja mis músculos, me siento caer al suelo sobre ambos charcos y sonrío.

Hola silencio, hola vida, gracias oscuridad.

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