Son los momentos que a penas duran unos segundos los que en realidad tejen la historia de nuestra vida, como aquél hombre que subió despreocupado a la guagua y sin mediar palabra alguna con la única pasajera se sintió volar, como cuando comes tu postre favorito después de un insípido puré de verduras.
Aquella mujer era su muse de limón, de dulce mirada y ácido silencio.
Pasó una parada, y otra...incluso la suya, pero él no se bajó, no podía apartar su mirada de aquellos ojos caramelo, hasta que llegó el momento en que ya no podía alejarse más de su destino.
Tocó el botón de stop y la guagua chirrió como un animal herido, aquel hombre se bajó y miró a la ventana de aquel monstruo verde de metal, pero este arrancó sin apenas dejar entrever un cabello más de aquella mujer, y en ese momento pareció que su muse de limón estaba repleto de cáscaras agrias.
"Quizás sea demasiado viejo" pensó, y al día siguiente volvió a la misma parada, a la misma hora y con un regusto a puré de verdura, porque nunca se es demasiado viejo para disfrutar de tu postre favorito.
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