Por un momento sintió que su respiración se cortaba, le fue difícil mantenerse de puntillas, y obvió el detalle de que los dedos de sus pies estaban helados y por eso parecía haberlos perdido en alguna de las calles que aquella noche participaban de su sonrisa.
Jamás había deseado a alguien con tanto anhelo, oler su piel, saborear sus labios, rendirse al peso de su cuerpo, hacer suyo el calor de sus manos ... nunca se había sentido como en ese momento, eterea, como una fina brisa, recorriendole, colandose entre sus dedos, entrando en su garganta, abrazandole el corazón.
Deseó quedarse allí para siempre, arropada por sus brazos...y la noche se le hizo demasiado corta, y el sol traicionero rompió el manto de estrellas con su llanto dorado para recordarle, que un día más debía abandonar su corazón entre aquellas paredes para volver a casa...aun con su sabor en los labios, y pequeñas marcas de su paso por la piel.

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