19 diciembre 2009
Tú...el principe imbécil
Estaba harta de escuchar aquellas entupidas y enfermizas exageraciones sobre el amor.
Las explicaciones sobre los sentimientos que padecían mis amigas eran terribles, mariposas en el estomago, pulso acelerado, el corazón fuera del pecho, las piernas cedían al miedo … realmente cuando venía mi mejor amiga y me decía “Dios mío Estibaliz, creo que estoy enamorada … siento como un revoloteo en el estómago …” Yo solo podía mirarla asustada y decirle que a lo mejor había devorado sin querer huevos de polilla, y tan grande era mi convicción que en unos minutos estábamos sentadas en la consulta del hospital esperando la extracción de aquellas devoradoras de ropa.
Sin duda el amor no estaba echo para mi, eso de que un príncipe azul cabalgue día y noche para rescatar a la bella princesa que habita en lo más alto de una esmirriada torre no terminaba de convencerme, si tal hombre existiese a mi tendría que salvarme de mi padre, que no escupe fuego pero tiene peor humor que un dragón, y no hablemos de mi torre, que no sería torre sino terraza, ¿Y qué tipo de cuento sería? Pues uno con final feliz, al príncipe se lo come mi padre, y yo sigo comiendo helado tranquila mientras observo el bonito panorama desde las alturas.
Todo era felicidad para mi, sin mariposas, un pulso normal, las pupilas pequeñitas y en su sitio, y las piernas firmes, si me hubiesen preguntado si temía algo tan solo podría contestar que temo tener que madrugar al día siguiente.
Y así, pasó mucho tiempo, viviendo en mi mundo … extrañamente feliz.
Pero entonces llegó él, no era un Tom Cruise de ojos azul cielo, ni un Will Smith de esos que aplastarían una lata con el antebrazo, pero yo creí haberme comido una bandada de polillas furiosas en el pastel de la tarde en cuanto me sonrió.
La noche se volvió extrañamente corta, y yo desmesuradamente torpe y curiosa, ya había estado con otros chicos, pero ¿por qué parecía que mi corazón no quería estar conmigo? Deseaba poder amarrarlo a los pulmones y así si se salía de mi pecho podría presumir de ir bien acompañado.
Me subí la chaqueta y me apreté la palestina en el cuello con la esperanza de que así tampoco tuviese escapatoria por mi boca.
Los días pasaron y yo no logré sacarlo de mi cabeza, todas me decían “oh oh primer síntoma, cara de idiota” y lo peor … era cierto, en la frente tenía un cartel luminoso con una flecha hacia abajo y ponía en mayúsculas “OH dios … doña amargada está enamorada” y en esos momentos en los que me miraba en el espejo juraría que escuchaba una risa interior burlándose de mi.
Al fin encontré un momento de tranquilidad lejos de él y su influjo maligno, y pensé.
Pero dios, ni estando sola lograba alejarlo de mi mente, ya no era una princesa comiendo un helado y observando el panorama, ahora era una princesa mirando como el príncipe escalaba hasta la terraza mientras intentaba tirarle piedras y hacerle caer.
Pero no hubo escapatoria, él llegó hasta arriba, y besó a la estúpida princesita haciendo que su riquísimo helado se cayese al suelo.
Pero al contacto de sus labios el polo perdió dulzor, el panorama se hizo más hermoso, el dragón era un pajarillo, las polillas eran mariposas, las pupilas enormes parecían gritarle, y las piernas se le volvieron de gelatina y amenazaron con dejarla caer.
Si, sentí una punzada en el pecho, y no hicieron falta más carteles, dejé de ser doña amargada, ahora soy solo la princesa amarguras, con o sin cara de idiota, me enamoré por primera vez, y eso … como siempre … cambió demasiadas cosas, ahora … si me preguntan a que temo, solo podría responder “temo perderle”.
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Romanticismo y comedia unidos.... :-) Suerte ;-)
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